Entender a la gente: un cambio de paradigma para disminuir la obesidad
Raúl Sampieri plantea que si los planes alimenticios no consideran los sesgos cognitivos o el contexto cultural de las personas, no serán exitosos.
Aleida Rueda
Agosto de 2026
Es común escuchar la frase: “somos lo que comemos”, pero Raúl Sampieri piensa distinto. Tras varios años analizando las decisiones alimentarias, el investigador de la Facultad de Medicina y del Centro de Ciencias de la Complejidad de la UNAM, concluye que no somos lo que comemos sino que comemos en función de quiénes somos.
En otras palabras: “las decisiones que tomamos sobre lo que comemos están íntimamente relacionadas con nuestra identidad y nuestros sesgos, contextos, hábitos y trayectorias de vida”, dice Sampieri.
Por lo tanto, si los modelos nutricionales contra la obesidad y el sobrepeso no incorporan esta complejidad, será difícil que sean exitosos.
El investigador presentó parte del trabajo que le ha permitido llegar a esta conclusión en el Lunch Complejo del pasado 14 de abril. En él, planteó a la obesidad como un reto sistémico, no como resultado de la "falta de voluntad" individual, sino de una compleja conexión de variables que condicionan las conductas personales.
Raúl Samperi en el Lunch Complejo “Estudio de la obesidad como un padecimiento complejo: una aproximación desde la teoría prospectiva” del C3. Foto: Jade Hernandez. 2026 © Centro de Ciencias de la Complejidad.
“Para empezar, una persona no es obesa. Eso es estigmatizante. La persona vive con obesidad. Si uno entiende eso, podría ver que la obesidad está ligada a la trayectoria de vida, es un proceso que se ha acumulado durante mucho tiempo y, por lo tanto, cambiarlo requiere que el cuerpo haga adaptaciones. No es un cambio de la noche a la mañana, es un proceso”, explica Sampieri.
Para estudiarlo, se basa en la Teoría de la Prospectiva, desarrollada por los psicólogos cognitivos Daniel Kahneman y Amos Tversky en 1979 para explicar por qué las personas no toman decisiones racionales, sino que están mediadas por sesgos cognitivos profundos y por la aversión a la pérdida.
Ellos planteaban que cuando se toman decisiones de riesgo las personas subestiman los resultados que son meramente probables en comparación con los resultados que se obtienen con certeza. Entonces perciben como más riesgoso perder lo que ya tienen a cambio de ganar algo de lo que no hay certeza que tendrán.
“Las pérdidas duelen más que lo que gratifican las ganancias equivalentes”, dice Sampieri. Y así sucede con la alimentación: una persona que decide bajar de peso sabe que, para lograrlo, necesita dejar de comer cierto alimento. Desde lo racional, tendría que decidir perder ese alimento para ganar ese objetivo.
Pero la teoría de la prospectiva muestra que en esta decisión no aplica la racionalidad porque el dolor de renunciar a un alimento placentero es psicológicamente más intenso que la satisfacción proyectada de bajar de peso. Esto quiere decir que valoramos más lo que ya poseemos (un hábito o un ritual) que lo que podríamos obtener. Por eso, cambiar un hábito de toda la vida se vive como una pérdida insoportable.
Esta mirada es un cambio de paradigma para la nutrición y la medicina, porque revela que los beneficios de la dieta no son tan importantes para las personas como se cree. Al estudiar grupos de personas con trayectorias de peso distintas, Sampieri encontró que las decisiones que toman sobre qué comer no son homogéneas y que cada grupo opera bajo una lógica prospectiva distinta.
Sampieri-Cabrera, et. al. (2026)
Obesidad y decisiones alimentarias desde la teoría de la prospectiva. Especialidad Médica, 1(1).
http://servicioseditoriales.unam.mx
Las diferencias
Para explorar estas diferencias, Sampieri hizo un estudio cualitativo junto con sus colegas Gustavo López-Toledo, Laura Gómez-Virgilio, Mireya Velázquez-Paniagua, y Armando Muñoz-Comonfort, publicado este año en la Revista Especialidad Médica, de la Facultad de Medicina de la UNAM.
El estudio estuvo basado en entrevistas semiestructuradas a 80 personas de entre 20 y 55 años divididas en cuatro grupos: normopeso, sobrepeso, obesidad grado I y obesidad grado II. También llevaron registro de sus decisiones alimentarias durante siete días e hicieron dos pruebas experimentales en las que les pidieron hacer alguna elección específica, por ejemplo: hacer ejercicio o pasar tiempo con tu familia.
Analizaron las transcripciones de las entrevistas y con ello construyeron categorías alineadas con la teoría de la prospectiva. Además, validaron sus datos a través de distintas técnicas, incluida la revisión por parte de los mismos participantes.
Tabla 1. Patrones diferenciales de toma de decisiones por grupo de peso e interpretación según teoría de la prospectiva.
Como parte de sus resultados, encontraron que el grupo de normopeso fue el "estatus quo"; en él cada persona puede juzgar si gana o pierde peso de manera racional. Su referencia es estable, quiere decir que no hay elementos externos que cambien dramáticamente sus decisiones y si suben dos kilos, sienten incomodidad inmediata y corrigen su conducta rápidamente. Para ellos, la mayor aversión es perder su condición física o independencia.
“Las personas con normopeso cuidan los detalles. Por ejemplo, se estacionan más lejos para caminar más o toman agua en vez de refresco. Van tomando pequeñas decisiones acumulativas saludables de tal manera de que aunque en la escala no salgan tan diferentes con los otros grupos, siempre se están cuidando”, dice Sampieri.
Entre quienes tienen sobrepeso, el grupo de investigación encontró que un pequeño exceso inicial genera una infravaloración de las pérdidas. O sea, si rompen la dieta con una galleta, asumen que "ya todo se perdió" y consumen excesos mucho mayores.
De acuerdo con Sampieri, en este grupo es importante no encuadrar las intervenciones alimentarias en la posibilidad de ganar algo sino en mantener una capacidad que ya se tiene, así se activa la aversión a la pérdida del paciente a favor de su tratamiento y se logra una mayor adherencia respecto a los modelos racionales. Un buen mensaje puede ser: 'no dejes que se te escape la libertad que aún tienes de sentirte ágil'.
En las personas que viven con obesidad grado I, los investigadores reportan que valoran mucho los rituales. Tomar un café con pan todas las noches no sólo es un hábito sino un ancla de identidad; ese ritual los define. "Si intentan cambiar el ritual, sienten un vacío”, dice Sampieri. Por lo tanto, un plan alimenticio que elimine sus rituales socioculturales es percibido como una pérdida devastadora de identidad, no como una ganancia médica.
En respuesta, hay que proponer planes que conserven los rituales y se hagan cambio en otros aspectos de su dieta. “No hay que satanizar los alimentos”, continúa el investigador, “si quieres comer un alimento ultra procesado porque es sábado y estás viendo una película pues cómetelo, eso no te va a engordar, pero durante el día trata de incluir fruta, verduras y porciones adecuadas de carne y proteína”.
En el cuarto grupo, quienes viven con obesidad grado II, los investigadores encontraron que más que el número en la báscula, el punto de referencia es la aceptación de la sociedad. Debido a esta urgencia por ser aceptados socialmente, las personas que viven con obesidad grado II también suelen ser las más vulnerables a caer en la charlatanería o en las llamadas dietas milagro porque prefieren una apuesta de alto riesgo con resultados rápidos que una opción segura pero lenta, como hacer ejercicio o modificar su alimentación.
Otro elemento que notaron en este grupo es lo que llaman la sensibilidad decreciente, quiere decir que a medida que se acumulan las pérdidas o ganancias, el impacto emocional disminuye. En la obesidad grado II, "cada kilo extra duele menos que el anterior por una insensibilización progresiva".
Finalmente, identificaron una tendencia a sobreestimar eventos raros y subestimar los muy probables. Los pacientes ven la diabetes como algo lejano, pero sobreestiman el impacto de un solo "error" en la dieta. La intervención en este grupo implica una responsabilidad social. Así lo describe Sampieri: “Somos socialmente muy entrometidos, le decimos a la gente: ‘Ándale, come’. Imagina una persona que está luchando con un trastorno tipo atracón, que se esfuerza por no comerse una galleta en un un coloquio y un colega le dice: ‘cómete una galleta, anda, come, ahí hay galletas, si quieres come’. Tú no sabes qué efecto estás ocasionando. Si ya le invitaste y no quiere, no le invites más. Se acabó”.
Terapias del futuro: evitar la pérdida
Raúl Samperi en el Lunch Complejo del C3. Foto: Aleida Rueda. 2026 © Centro de Ciencias de la Complejidad.
Lo que muestra el trabajo de Sampieri y sus colegas es que es necesario hacer cambios dramáticos en la forma en la que se hacen planes alimenticios. Si se sabe que la mayoría de las personas prefieren la recompensa inmediata (el sabor de un postre, por ejemplo) frente a una recompensa mayor en el futuro (salud a largo plazo) bajo el argumento de "hoy estamos, mañana quién sabe", entonces hay que cambiar el plan: en lugar de pedirle al paciente que "gane salud", hay que enfocar el mensaje en eso que no quiere perder.
Pero eso significa que los profesionales de la salud deben conocer eso que las personas no quieren perder y, con ello, proponerles planes de alimentación adaptadas a su contexto, a la forma en la que perciben lo que perderán y lo que ganarán con esos cambios en su alimentación.
Sampieri sugiere que los planes de seguimiento nutricional deben personalizarse no solo en calorías, sino en perfiles psicológicos, sociales y en sus no negociables: “Si es no negociable, ¿por qué insistir en cambiarlo?". Es mejor entender de dónde vienen estas decisiones y generar cambios más empáticos y situados en la realidad humana. El cambio de paradigma que supone esta visión también reposiciona el papel que tienen las humanidades en la alimentación; incluir a la psicología, la ética del cuidado y la bioética de la obesidad es un cambio de paradigma clínico. “Yo me imaginaría que en una clínica de atención para personas con enfermedades crónico-degenerativas metabólicas como la diabetes, la hipertensión, el síndrome metabólico y la obesidad no puede haber sólo médicos, tiene que haber personas psicólogas, trabajadoras sociales, sociólogas e incluso filósofas. Ese es el enfoque complejo que exige atender la obesidad”, concluye Sampieri.
LIGAS:
Lunch Complejo con Raúl Sampieri: : https://www.youtube.com/live/CsVOSRcrL3Y?si=USGCMLg-wvXqHkvw
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