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Escenarios opuestos

Rosario Aguilar-Cristóbal

21 de mayo de 2020

“Escucha todo el tiempo

y sé consciente

cuando no lo estés haciendo”.

Pauline Oliveros

El 27 de febrero, al interior del Centro de Ciencias de la Complejidad (C3) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), dos “transfiguraciones sonoras” completamente distintas cruzaron las fronteras musicales del Jueves de Música en el C3 #Gradiente Musical.

Por un lado, la estructura y armonía de los acordes del cuarteto de cuerdas Vorágine junto a las cuerdas de los solistas Ximena Oropeza Carreón y Raúl Rocha López, así como del ensamble Quinteto de Metales Cuícatl, llenaron el espacio con el vibrato de las cuerdas y el sonido envolvente del viento interpretando las obras del compositor, artista sonoro y director Sergio Aarón Pérez Velázquez.

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El segundo y sorpresivo escenario cobró vida al terminar las obras instrumentales, cuando Pérez Velázquez, egresado de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), dijo a los asistentes: “les presento al intérprete del día de hoy: la bocina”. De esta forma inició la segunda parte del concierto con dos obras de electroacústica que, de acuerdo con el artista, “a veces resultan un poco difícil de escuchar”.

Sonidos interdisciplinarios y diversidad instrumental

Las “transfiguraciones sonoras a seis cuerdas”, como llamó Pérez Velázquez a la primera parte del concierto comenzó con un recital de guitarras interpretando piezas musicales de la serie de fobias, como Agorafobia –el miedo a los espacios abiertos— o Barofobia –miedo a la gravedad— ejecutadas por la guitarrista Ximena Oropeza. Por su parte, el guitarrista Raúl Rocha López interpretó piezas dedicadas al miedo a abrir los ojos, Optofobia, y a las alturas, Vértigo. Sobre la ejecución de estas piezas, Oropeza explicó en entrevista: “pareciera que técnicamente no cuesta tanto, pero implican muchos cambios”. Se requiere “analizar mucho, asimilar lo que estás queriendo expresar y lograr hacerlo también desde mi percepción”.

Siguiendo con la consonancia de sonidos, la segunda intervención estuvo a cargo de Cuarteto Vorágine, quienes a través de una ejecución más clásica interpretaron las piezas Llegando a la ciudad del olvido, El pequeño paisaje isorrítmico, Miniatura para contemplar y una cuarta pieza, a la cual, el grupo anticipó “será una sorpresa”.

En formato de performance y como parte de la pieza Hubbub que significa desorden, barullo, relajo –una pieza de improvisación pensada en instrumentación abierta donde cualquier instrumento o intérprete la puede tocar— los intérpretes pidieron al público entre susurros cosas inverosímiles como un vaso de agua, recitar un verso o una pluma para escribir.

“Creímos que podía verse bien para llamar más la atención del público”, comentaron en entrevista los integrantes del Cuarteto Vorágine sobre la elección de esta pieza. Sobre el performance explicaron que forma parte del estilo del grupo ya que “dentro de nuestros repertorios también llegamos a combinar la actuación con la música”. Aunque la obra tiene un formato libre no es del todo una improvisación pues se utilizan tarjetas con indicaciones a seguir aunque el orden en que se toman las tarjetas es el azar lo que permite que nunca se obtenga la misma atmósfera. La experiencia siempre será única.

El cierre con broche de oro de la parte instrumental del concierto corrió a cargo del quinteto de metales Cuícatl –que en náhuatl significa canto— tocando una pieza escrita originalmente para el ensamble y titulada Intriga y meditación compuesta también por Pérez Velázquez a quien el grupo externó su profundo agradecimiento por la dificultad de encontrar obras sólo para metales. Este tipo de repertorio “suele ser escaso y la mayoría de las veces son adaptaciones”, explicaron durante su presentación.

Organizando el sonido: electroacústica

La habilidad para ejecutar múltiples notas desaparece y, con miras a ampliar el universo sonoro, el también pianista Pérez Velázquez propone nuevas combinaciones artísticas apoyado de la experimentación sonora donde el sonido y el uso de la tecnología son los protagonistas de las siguientes dos “transfiguraciones parlantes”. Toma entonces la batuta la bocina, dando inicio así a la parte electrónica o electroacústica del concierto.

“La música no está desligada de los movimientos sociales”, dijo el compositor, por lo que de dicha expresión se extrae la idea de que la música no solo evoca emociones para conmovernos, también impone tendencias de pensamiento, expresa ideas e influye en la cultura y en la sociedad. Es así como la primera pieza del artista es de alguna manera un reclamo a la desigualdad y discriminación que viene de los países de primer mundo frente a los países en vías de desarrollo. TBT DC es el acrónimo de Tibet y Washington D. C.

La segunda pieza electroacústica, Lipogramas, nació de la literatura, de los cinco cuentos que el poeta Óscar de la Borbolla incluye en su inusual libro Las vocales malditas. Cada uno de los textos utiliza palabras con una sola vocal, algo que en la literatura se conoce como lipogramas.

La pieza surgió del curso de creación musical impartido por el maestro y compositor Jorge Alberto Sánchez Ortiz, donde Pérez Velázquez escribió su propio lipograma con la vocal /, se grabó leyéndolo y lo introdujo a la computadora. “Esta cadena de procesos”, explica, “me llevó a esto que ustedes escuchan”, y, al igual que la primera pieza, "yo solo me encargué del diseño sonoro, del orden de los sonidos". Recientemente, Lipogramas fue seleccionada por la editorial Taukay Edizioni Musicali para la compilación IL Suono Della Voce.

“Transfiguraciones sonoras a 6 cuerdas y parlantes” fue un ejemplo de convivencia multidisciplinaria donde la composición tradicional se integró a la electroacústica en una mutua convivencia que integró distintas sonoridades a través de la colaboración de ensambles que radican en diferentes ciudades del país. Sobre la experiencia, el cuarteto vorágine expresó: “Aunque todos somos diferentes tuvimos la oportunidad de tener una convivencia muy padre”.


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