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Invasión acústica

Jessica Gamiño González*

13 de agosto de 2018

Sin previo aviso, de pronto la música del khene ––un instrumento de viento de origen asiático y construido con bambú–– llenó los largos pasillos de cristal y paredes blancas del Centro de Ciencias de la Complejidad (C3) de la UNAM. Caminando lentamente por el edificio, cual flautista de Hamelín, Marcos Miranda inició su concierto el pasado 9 de agosto dentro de los Jueves de Música en el C3.


Miranda, multiinstrumentista, compositor y profesor de música en el Centro Morelense de las Artes es egresado de la Escuela Nacional de Música (ahora Facultad de Música). Se dedica a “cultivar la improvisación” de forma individual y a través del colectivo Sociedad Acústica de Capital Variable, agrupación fundada por él hace más de veinte años.

Improvisación innata

Por mucho tiempo, la música de improvisación fue vista como una forma de interpretación poco seria, alejada del trabajo académico. Hoy en día, sin embargo, la música de improvisación ha sido “revalorada” e incluso se ha convertido en “un asunto de moda”, explica Miranda en entrevista, quien considera que parte importante de la convivencia entre el ser humano y su entorno radica en la improvisación, en respuestas orgánicas e intuitivas.

Menciona que se han publicado trabajos de análisis sobre la influencia del lenguaje en la música y viceversa, además de que diversos autores sostienen que los sonidos y la música formaron parte de la cultura humana desde sus inicios, mucho antes de ser considerada un arte.

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Es este origen el que, de acuerdo con Miranda, tiene que ser rescatado y preservado en la música de improvisación, pues improvisar es parte de “la cultura humana y de la evolución” y desde las actividades más triviales “improvisar es como jugar o como platicar, nunca tienes un plan o una agenda, solamente un código”.

Complejidad sonora

Miranda inició su presentación con una pieza en el khene cuya característica principal es su lengüeta libre, que permite que el aire haga presión sobre un lado de ésta y así se generen los sonidos, al igual que en la armónica o en el órgano. El sonido que emana del khene es difícil de describir, para algunos asemeja al violín, a otros les recuerda la gaita.

Para su segunda interpretación Miranda recurrió al saxofón soprano, “un instrumento que privilegia al intérprete ya que fue creado para personalizar los sonidos”. La lengüeta de este instrumento necesita más presión de aire para producir las vibraciones y cualquier cambio en el control de la embocadura puede producir distinta afinación o entonación, lo cual le da mayor flexibilidad pero a la vez mayor complejidad para su ejecución. La tercera pieza se interpretó con clarinete. Luego, vino la sorpresa.

Una improvisación dentro de la improvisación.

Miranda sorprendió a todos cuando, para su última pieza, invitó a tocar con él al violinista Alex Fernández y a la contrabajista Adriana Camacho, ambos participantes del ciclo de música libre el semestre pasado y que se encontraban sentados entre la audiencia. Los tres músicos colaboran dentro de Sociedad Acústica de Capital Variable.

Para su última interpretación Miranda seleccionó nuevamente el khene. El resultado fue sensacional. Al finalizar, Alex Fernández comentó “lo único de esto, de la improvisación, es que nunca volveremos a tocar algo igual. Esto fue una pieza única. Una interpretación que no se repetirá. Una de las maravillas de la música libre”.

Miranda destacó que la complejidad de improvisar con estos instrumentos ––o con cualquier otro–– se encuentra en producir atmósferas de acuerdo al espacio, al momento, a la compañía, e incluso, al silencio del lugar. “Como el comportamiento de los electrones que depende de la carga que les rodea”.

*Becaria del Programa UNAM-DGAPA-PAPIME PE308217

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